Masías fortificadas en el Maestrazgo (Teruel, Aragón)




En lugares estratégicos, en un cruce de caminos o en lo más alto de una colina, las masías fortificadas o torreadas son una minoría entre la abundancia de construcciones agrícolas y ganaderas que salpican la comarca del Maestrazgo. Pero su aspecto llama poderosamente la atención de los visitantes que recorren esta zona turolense, con torres que, en algunos casos, llegan a medir hasta 15 metros de altura.

"No se comprende una construcción de este tipo, tan elevada, en una comarca tan fría, si no es por su sentido defensivo", explicaba Diego Mallén, geográfo y coordinador de un catálogo de masías fortificadas que ha sido publicado recientemente por el Centro de Estudios del Maestrazgo.

Son unas pocas -tan solo representan un 10% de esta tipología de edificaciones-, si bien se han convertido en un emblema de la comarca. De las seis mil masías que se reparten por todo el territorio, únicamente una treintena presentan estas atalayas, que, por su estética señorial, también se configuraron como elementos de poder. "La orden de San Juan daba autorización a los infanzones para construirlas", señalaba Mallén. Estas conservan escudo en sus portadas, pero las hay de muy variada factura y se puede decir que no hay ninguna igual a otra.

Hay masías de estas características que lucen almenas y aspilleras, con apaciencia de castillos. Otras tienen ventanas góticas y las hay que disponen de arco de medio punto en las entradas.

Las más antiguas datan del siglo XIV, y las más recientes, unas pocas que Diego Mallén denomina "torreadas", se construyeron en el siglo XIX. El coordinador del inventario sostiene que se levantarón con carácter defensivo, "en medio de los conflictos con los reinos de Castilla y Valencia," o simplemente para salvaguardar las propiedades entre vecinos.

Poca documentación

Sobre el origen de estas construcciones ligadas a las actividades agropecuarias existe escasa documentación, pero está claro, según Mallén, que sus habitantes controlaban zonas estratégicas.

"Muchas están ubicadas en límites territoriales o al pie de antiguos caminos, por lo que desde ellas se podía controlar el tránsito de personas y caballerías", subrayaba el investigador.

Entre las más espectaculares figuran cuatro que conservan torreones de 6 por 6 de largo. Torre Sancho, de Villarluengo; Santa Ana, en Mirambel; Torre Piquer, en el término de Tronchón; y torre Camañas, en Cantavieja, son auténticos fortines en el corazón del Maestrazgo. Desde ellos, se divisa una amplia franja de territorio, una vista panorámica que se pierde en la lejanía.

La mayoría de las construcciones están abandonadas y ninguna es habitada. En algunos casos, según destaca Mallén, su estado de conservación es tan precario que "si no se actúa de forma urgente podrían perderse para siempre".

No obstante, se empieza a ver un incipiente movimiento restaurador con objeto de destinar las masías a viviendas de segunda residencia o para usos turísticos.

Casas rurales

La masía Montesanto, de Villarluengo, es un ejemplo de rehabilitación. Se ha acondicionado y sus instalaciones modernizadas para servir como hostal. La masía Piquer de Tronchón, una de las más hermosas, es objeto actualmente de una profunda reforma para ser utilizada como casa de turismo rural.


En un buen número de estas instalaciones se siguen usando los edificios contiguos como corrales para recoger a los rebaños de ganado vacuno y ovino.

Con la publicación de este catálogo de masías fortificadas, en el que cada una de las edificaciones cuenta con una ficha descriptiva, se pretende dar a conocer "un patrimonio que se ha convertido en el emblema del Maestrazgo", señalaba Diego Mallén. Confía, además, en que su difusión contribuya a la conservación de las mismas, y a evitar el estado de ruina que presentan un buen número de ellas.

En este trabajo de investigación han participado otros historiadores y expertos en la materia, como José Ramón Sanchís y Manuel Vicente, que han indagado en aspectos relacionados con los orígenes de las fortificaciones. La evolución de las casonas ha sido un apartado estudiado por José Francisco Casabona y Javier Ibáñez.

LEONOR FRANCO
02-11-2008.- Heraldo de Aragón